(En Memoria de Marcelo Lucero -amigo del alma- en el día de su cumpleaños)
Teniendo en cuenta el escenario que se está montando en relación a las próximas elecciones del 2027, sus múltiples repercusiones y consecuencias, estimo prudente adelantarnos en algunas cuestiones sustanciales. Una de ellas es el diálogo; todo anuncia que puede comenzar a producirse entre distintos dirigentes y fuerzas políticas. Sería conveniente ponernos de acuerdo en los elementos, requisitos y condiciones básicas para hacerlo valioso.
Diálogo es, simplemente, la conversación entre personas que buscan entendimiento. Pero no toda conversación es diálogo. Hay «diálogos de sordos», donde nadie escucha; hay «diálogos de besugos», donde cada cual habla de cosas distintas. En mi experiencia de cuatro décadas, la mayoría fueron intranscendentes, estériles o negativos. Entonces, ¿qué hace falta para que un diálogo sea realmente fecundo?
El filósofo español Julián Marías nos ayuda a responder. Hay condiciones imprescindibles:
1º) Ante todo, veracidad y coherencia. El único medio de comunicación es la SINCERIDAD; de otro modo se convierte en falsedad. La mentira es inadmisible en el diálogo y debe hacerse notar en el acto. No se puede permitir ni aceptar como cierta.
2º) Debe haber un acuerdo previo sobre de qué se va a hablar, sin confusiones, para que las partes puedan entenderse con facilidad.
3º) Las personas deben estar dispuestas a admitir la evidencia y la certeza, aunque sean descubiertas y propuestas por otra.
4º) Debe llevarse a cabo de Buena Fe, con Buena Voluntad y sin Reservas Mentales. Nada de subterfugios ni engaños.
5º) Las personas deben ser libres. No pueden estar en cautividad voluntaria (la más dañina: la de quienes renunciaron a su libertad y aceptan todo sin discusión, sometiéndose sin discrepar).
Estas condiciones son universales. Pero el diálogo político tiene sus propios requisitos para alcanzar el bien común:
a) Con los cautivos voluntarios es difícil discutir. Confucio aconsejaba: «Pierdes personas si no hablas con aquellos que merece la pena hablar; pierdes palabras si hablas con aquellos con los que no merece la pena hablar».
b) No hay que intentar contentar a los que no se van a contentar. Están metidos en la obstinación y la voracidad, no en la razón. Entrar en ese juego es renunciar a la propia libertad.
c) El único acuerdo posible es la aceptación de la realidad. Lo malo es cuando cada uno «inventa» una realidad y se aferra a esa falsedad. Es la fórmula del fanatismo, una de las variedades del envilecimiento humano.
d) No se puede transigir con la mentira ni aceptarla como verdad. No se puede dialogar partiendo de la negación o desfiguración de la realidad. Tampoco con quienes, desde la arrogancia, violan las condiciones del diálogo y pretenden imponerse por la fuerza. El diálogo es entre iguales, sin prepotencias.
e) Es necesario entender que no se tiene nunca toda la razón, que otros tienen alguna. Hay que dársela. Pero de ningún modo darles la que no tienen. Hay que rechazar de plano que se presente como razón la «sinrazón». El ejemplo más claro es la falsedad deliberada presentada como verdad. Se debe decir todo lo que la situación reclama, pero no a ningún precio lo que es falso.
f) Las personas se conocen bastante bien a sí mismas. Pueden hacer gestos triunfales para convencer a otros, con la esperanza de persuadirse a sí mismas.
g) En la vida pública, es aconsejable volver la espalda a quienes no merecen más que desdén. Si se trata de casos graves, toda colaboración es inadmisible. La contaminación es destructora.
Pero el diálogo político no es solo negación de lo falso. Requiere también una construcción positiva, una visión de lo que SÍ debe ocurrir. Por eso, es imprescindible que los que se sienten responsables por el bien común cultiven estas actitudes y condiciones:
SÍ a la búsqueda genuina de la verdad, más allá de intereses particulares.
SÍ a la escucha atenta y respetuosa, reconociendo que la verdad puede venir de donde menos se espera.
SÍ a la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. El militante tiene que ser reflejo de sus propias convicciones.
SÍ a la construcción colectiva del bien común, sabiendo que la organización comunitaria es más que la suma de individualidades, más que los intereses dispersos.
SÍ a la paciencia política, a la pedagogía, a la capacidad de explicar sin imponer.
SÍ al reconocimiento de que el otro, aunque equivocado, es un semejante con dignidad. No se dialoga destruyendo.
SÍ a la claridad de posición. No hay ambigüedad en los principios que orientan el campo nacional-popular: Justicia Social, Soberanía Económica, Independencia Política. Son los ejes sobre los que se construye todo.
SÍ a la valentía de decir «no» cuando sea necesario. El diálogo no es claudicación. Es el espacio de la persuasión, no de la rendición.
SÍ a la convicción de que San Luis, como provincia y como parte de la Patria, tiene derecho a un desarrollo que respete su identidad y aporte a la grandeza nacional.
Estos SÍ no son ingenuidad. Son el punto de partida para un diálogo que produzca transformación real, que encamine hacia un modelo de país donde la justicia social y el bien común prevalezcan sobre la ambición desmedida.
Para concluir estas reflexiones, que estimo esenciales para inspirar, encausar y mantener en forma positiva cualquier diálogo político, dos últimos conceptos que pueden ser útiles para fijar posiciones claras, sostenibles y comprensibles:
I) Licurgo, en una de sus más sabias leyes, estableció que: «Hay un solo delito infamante para el ciudadano: que en la lucha en que se deciden los destinos de Esparta él no esté en ninguno de los bandos o esté en los dos».
II) Hoy, en nuestra amada Argentina, «no hay lugar ni para neutrales ni para indiferentes. Cuando el clarín de la Patria llama, solamente se puede estar de un lado: del lado de la Patria«.
No se puede ni se debe compartir o dialogar con quienes esgrimen solamente falsedades e hipocresías, porque no se llegará nunca a un acuerdo que tenga en cuenta el bien común y la realización personal, familiar y comunitaria del conjunto. Primará siempre la insaciable ambición particular y sectorial, desmedida e inicua, que viola todos los límites. Lo único que puede obtenerse de esa manera es la descalificación social, por un lado. Y la propia denigración, por el otro.
Eduardo Gastón MONES RUIZ
VILLA MERCEDES (SL), 04/8/2026